MEDIO AMBIENTE, SOCIEDAD

Una década de los huertos urbanos de Benimaclet

Diez años han transcurrido desde que se plantaran los primeros cultivos en los huertos urbanos de Benimaclet. Una década en la que además de teñir de verde lo que antes era un descampado abandonado de escombros de todo tipo, se han tejido complicidades entre personas de distintas edades y entre colectivos a pie de parcela.

Un álamo, dos higueras, un ficus y un lledoner plantados en 2012 dan la bienvenida a estos huertos, junto a una palmera y una morera que pervivieron a las décadas de abandono. Y también un árbol muy especial: un roble que desde 2018 crece en memoria de Pepe Serra, un ingeniero agrónomo que al inicio de esta aventura les introdujo en la agricultura ecológica y les explicaba cómo combatir una plaga o sacar más partido a las parcelas.

Tres integrantes de los huertos urbanos de Benimaclet
Arturo Sanz (izq), Marina Gutiérrez (c) y Paco Romero (dcha) junto a un roble muy especial. ©DsftBenimaclet

Anécdotas de una década

Junto a ese roble, Disfruta Benimaclet charla con Arturo Sanz y Paco Romero, miembros de la gestora de los huertos y que forman parte del proyecto desde sus inicios, y con Marina Gutiérrez, técnica social de una ONGD del barrio, ACOEC, que lleva a cabo en este espacio proyectos con dieciocho jóvenes migrantes extutelados y con niños y niñas del barrio en horario extraescolar.

Hablamos de anécdotas, como la palmera que se llevó un vendaval y volvieron a plantar sin ninguna maquinaria tras ver en internet cómo lo hacen los tiroleses. O los huevos azulados que ponen las habitantes del gallinero que ocupa una de las parcelas. O el ‘altiplano de Bartolo’, el cúmulo de tierra sobrante que no se llevaron porque era muy caro hacerlo, al que bautizaron con el nombre del conductor de la excavadora y sobre el que plantaron unos pinos.

Pero también conversamos sobre lo que han supuesto y suponen estos huertos urbanos, compuestos por un centenar de parcelas de 50 metros cuadrados cada una y que son los primeros que se pusieron en marcha en la ciudad de València, lo que hace que se rijan por un convenio diferente que los que vinieron después y que no estén bajo la tutela del Ayuntamiento de València y se autogestionen.

El hortelano que ahora es pastor

De las muchas historias que en esta década han ocurrido en esta huerta rodeada de fincas,  nos cuentan la de Adrián, un chaval de Benicalap que “se pasaba todos los días aquí” y que se acabó yendo a trabajar de pastor en Galicia. Un ejemplo de que los huertos urbanos de Benimaclet también “marcan vitalmente”, como a los niños que se han criado aquí.

Parcelas de los huertos urbanos de Benimaclet
Algunas parcelas de los huertos urbanos de Benimaclet. ©DsftBenimaclet

Fue él quien impulsó la creación del gallinero -que habitan gallinas araucanas que ponen unos 4.000 huevos azulados al año y algún pato– y del horno moruno en unos huertos que en esta década han recibido numerosas visitas, incluso del extranjero, para conocer cómo funcionan.

Mientras conversamos pasan por nuestro lado unos gatos, pues los huertos urbanos de Benimaclet también tienen una colonia felina, en la que una mujer se responsabiliza de estén alimentados y esterilizados. Nos fijamos también en un “hotel de insectos”, una iniciativa que llevó a cabo ACOEC en 2018 junto a chavales del módulo de carpintería del Instituto Misericordia, quienes crearon cuatro instalaciones con agujeros para insectos de distinto tamaño y explicaciones sobre cómo actúan.

En estos huertos, donde las vallas, los muros o las acequias las hicieron los propios hortelanos, no faltan tampoco las composteras, porque de aquí no salen residuos: toda la materia vegetal se seca en el ‘altiplano de Bartolo’ y se tritura cada año o cada dos años, para volver a esparcirla en los huertos o en las zonas comunes.

Un proceso multicultural

Marina nos explica que los huertos urbanos suponen para los jóvenes de entre 18 y 25 años con los que llevan aquí cabo proyectos de entre seis y doce meses “un proceso multicultural”, pues aquí se relacionan con gente más mayor y de diferentes culturas. “Abren relaciones y se sienten a gusto y seguros en este lugar, señala.

Un hotel de insectos en los huertos urbanos de Benimaclet
Un ‘hotel de insectos’ en los huertos urbanos de Benimaclet. ©DsftBenimaclet

Los chavales acuden varias mañanas a la semana a los huertos, donde no solo trabajan la tierra, sino que utilizan la zona de cocina que hay a la entrada, junto al horno moruno, para hacer “gastronomía intercultural”, en las que elaboran tajín o cus cus con unas ollas grandes.

Por la tarde, acuden con peques del Colegio Municipal y del Pare Català de familias en situación de vulnerabilidad a jugar un rato, tras haber llevado a cabo actividades de refuerzo escolar.

ACOEC (Asociación para la cooperación entre comunidades) es uno de los colectivos que cuentan con parcela en estos huertos, pero también acuden aquí la asociación de daño cerebral adquirido Nueva Opción y dos colegios de Benimaclet, porque esta, reivindican, es una iniciativa abierta a todo el barrio.

Una larga pelea

Arturo y Paco rememoran que antes de poder empezar a cultivar hubo dos años de “pelea” desde el movimiento asociativo para conseguir que unos terrenos que en el pasado eran huerta y estaban abandonados tras comprarlos promotoras para desarrollar un PAI que nunca se ejecutaba pudieran cultivarse mientras tanto.

Plantar un campo de lechugas en pleno centro de València frente al banco propietario de los terrenos, o desmontar cada fin de semana las vallas que puso entonces el banco para arreglar ese espacio destinado a parque en el PAI proyectado fueron algunas medidas, hasta que se logró que cediera los terrenos al Ayuntamiento y este cedió el uso a la asociación vecinal de Benimaclet.

Los huertos urbanos de Benimaclet, rodeados de fincas.
Acequia en los huertos urbanos de Benimaclet. ©DsftBenimaclet

A partir de ahí, se obtuvo la autorización del Tribunal de las Aguas para el riego, que actualmente se hace cada semana, y se acordaron de manera asamblearia los requisitos para estos cultivos: deben ser ecológicos; no se pueden plantar árboles ni sustancias tóxicas, ni vender los productos, ni hacer construcciones. Y las partes comunes se cuidan entre todos.

En ese espacio común que es también un lugar de encuentro se hacen paellas los domingos y se celebran cumpleaños o jubilaciones, porque algunos de los que empezaron a cultivar los huertos están “ya un poquito de retirada” y se está dando paso a “sangre fresca”, señalan. Y consideran que ese relevo generacional “está bien, es lo que toca”.

Optimismo en el futuro

¿Y cómo creen que serán estos huertos dentro de diez años? Sobre ellos pesa la amenaza de la ejecución del PAI, pero Arturo es optimista: para entonces seguramente se habrá desarrollado, “pero nos quedaremos” en este espacio, asegura. Quizá se cambie su estructura, pero tanto como él como Paco reivindican que se mantenga su carácter.

Porque ambos destacan que lo que se pretendía hace una década era poner en marcha el proyecto de contar con unos huertos dentro de la ciudad que no fuera cosa de un par de años, sino a medio o largo plazo, y consideran importante que se haya podido mantener todo este tiempo y no se haya desinflado. Y desean que continúe siendo un espacio de encuentro para el vecindario de Benimaclet.

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