SOCIEDAD

La tintorería familiar de Benimaclet que abrió en 1943 dice adiós

El próximo 15 de diciembre bajará la persiana para siempre la tintorería lavandería Palmer, un negocio familiar que comenzó de manera modesta en 1943 en una alquería de Benimaclet y que a lo largo de ocho décadas se ha dedicado a lavar todo tipo de prendas del vecindario.

Ese día cumple 65 años su actual propietario, José Antonio Palmer Ferrer, quien empezó a trabajar con 18 años en el local, tras fallecer su padre. Considera que es momento ya de descansar: “Son muchos años y se van notando, se hace pesado”, explica a Disfruta Benimaclet.

Entrevista con Disfruta Benimaclet en la tintorería Palmer.

José Antonio nos abre las puertas del negocio ubicado en la calle Barón de San Petrillo. En el interior, una gran fotografía en blanco y negro muestra la València de los años 60, con las torres de Serranos en el centro y el río Turia lleno de agua. En el exterior, un cartel avisa del próximo cierre y asegura que han cuidado “con cariño” la ropa que les han encomendado.

El negocio que inició la abuela

La historia de este comercio, que debe ser uno de los más antiguos de Benimaclet, la inició su abuela, Ana Llavador Vives, hace 83 años, cuando se quedó viuda con varios hijos y empezó a lavar las camisas de algunos vecinos en su alquería de la Senda de la Carrasca, que actualmente es la zona de la Guardia Civil.

Poco a poco empezó a limpiar ropa de todo tipo y en 1958 la familia compró una finca en lo que entonces era la calle Valencia (hoy calle Barón de San Petrillo), se trasladó allí y ubicó en los bajos la lavandería, para la que compraron una pequeña lavadora a la que luego sumarían secadoras y máquinas de limpieza en seco.

José Antonio Palmer ante el negocio familiar. ©DsftBenimaclet

“Yo nací en esta finca, yo jugaba en la acera esta”, rememora José Antonio, quien se incorporó al negocio familiar que ha llevado la segunda y la tercera generación hace 46 años. “Me he pasado la vida aquí”, señala. Han sido muchos años, en los que ha visto “pasar el tiempo” al otro lado del cristal: ha cambiado la fisonomía del barrio, pero también la de sus habitantes.

Ganas de parar

Admite que por eso mismo duele un poco cerrar el local, pero confiesa que tiene “ganas de parar”, pues es un trabajo “bastante físico” que no acaba cuando se baja la persiana a las 20 horas: entonces coge la furgoneta y se va a recoger a alfombras, o acude a la universidad a por trajes académicos, o equipaciones o toallas de fisioterapia. A veces llega a casa a las diez de la noche.

“Simplemente deciros que hemos sido honrados, honestos a la hora de trabajar”, reivindica José Antonio, quien señala que la parte artesanal de este trabajo se ha perdido un poco con la entrada de las franquicias, que han abaratado costes pero han bajado la calidad de la limpieza.

También le sabe mal cerrar justo ahora que otro compañero de Benimaclet se ha jubilado, lo que supone que el barrio “se queda sin tintorería”. La gente le dice que no se jubile, “que aguante un poquito”. Pero él lo tiene claro: “no puedo, estoy cansado”.

Interior de la tintorería Palmer de Benimaclet
Interior de la tintorería Palmer. ©DsftBenimaclet

Tinte de ropa

Durante décadas, la tintorería Palmer limpiado “todo tipo de prendas que hay en el hogar”. Trajes chaqueta, vestidos, muchos trajes de fallera, trajes académicos, abrigos, vestidos de novia, mantas, edredones, alfombras … y suma y sigue.

Antiguamente se tintaba mucho, por ejemplo cuando fallecía un familiar y la ropa se tenía que teñir de negro para el duelo. También hubo temporadas que tintaban de varios colores, como el azul marino, el verde o el marrón, e incluso lo hacían para pequeñas tiendas de confección.

“Era un proceso laborioso, estabas todo el día para tintar. Pero cuando aparecieron las tiendas como Zara y Mango se abarató mucho la ropa y ya no interesaba hacerlo”, rememora José Antonio, quien señala que también implicaba un problema ecológico por el vertido del tinte al alcantarillado. Así que se deshizo de esa maquinaria, pero durante años recibieron a diario llamadas en las que les preguntaban si tintaban.

Billetes en la lavadora

Tantos años detrás del mostrador le han permitido ver cómo se transformaba Benimaclet, el barrio que siempre había sido “como un pueblo”. Luego empezó “el boom de los estudiantes”, que alquilaban pisos para estudiar en las cercanas facultades y conllevaron “un cambio importante”.

El propietario de la lavandería, de niño sujetado por su padre en el local. ©DstfBenimaclet

Recuerda también cuando desapareció el trenet que partía el barrio en dos a través de un muro, y la calle de la lavandería “era prácticamente la única de salida hacia Valencia”, hasta que después abrieron más calles. “Fue un cambio muy brusco, pero para bien”.

También ha habido tiempo para las anécdotas, como tener que limpiar de un día para otro la ropa de un artista que vino a dar un concierto y la de todo su equipo, y quedarse hasta las 12 de la noche para que diera tiempo a secarla.

O la vez que en la lavadora empezaron a dar vueltas varios billetes, y luego en el secado “empezaron a volar” dentro de la máquina. Fue una alegría, porque no se sabía de qué prenda habían salido y nadie los reclamó, así que no hubo que devolverlos. Peor es toda la ropa que les han llevado a lavar y nunca la han recogido, por lo que se ha quedado años ocupando espacio en el local.

Cierre del negocio

La tintorería cerrará en diciembre, porque según señala su propietario “no hay quien siga” el negocio. Sus hijos han estudiado y “quieren hacer su marcha”. “Y yo súper encantado de que la hagan, porque aquí son muchas horas para poco rendimiento”, asegura.

“Debemos ser uno de los comercios más antiguos de Benimaclet”, admite José Antonio, quien destaca que de 1943 hasta 2026 “ha pasado mucho, y no todo el mundo ha aguantado”. Lo dice mientras muestra a Disfruta Benimaclet varias fotografías en blanco y negro que atestiguan la historia de este negocio.

En una de ellas, aparece él mismo de niño de pie sobre un caballete sujetado por su padre. También se ven antiguos empleados y familiares ante la lavadora o planchando. Incluso conserva la publicidad que se proyectaba en los años 60 en el conocido como Cine Melón de Benimaclet y en la que ofrecían «servicio esmerado» .

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