SOCIEDAD, URBANISMO

El fotolibro que denuncia el despropósito de la Torre Miramar

Nos hemos acostumbrado a pasar por su lado y ya no reparamos en ella. Pero en Benimaclet tenemos la que se calificó como la rotonda más cara de España (24 millones de euros), en cuyo centro se alza una torre de 45 metros con un mirador que no mira a ningún sitio.

Esa infraestructura, denominada Torre Miramar, ha sido una especie de obsesión para Joaquín Rodrigo. Durante 14 años se ha dedicado a fotografiarla y, con ese material y el diseño gráfico de Lúa Solaz, ha publicado el fotolibro ‘K, la torre’.

De icono urbanístico a hito del despilfarro

Quedamos con Joaquín y Lúa a los pies del que pretendía ser un icono urbanístico y ha quedado como un hito del despilfarro público. Los coches que entran a València por la autovía V-21 bordean la rotonda o pasan por el túnel inferior, el tranvía la cruza por el medio y la edificación que semeja un “moderno dinosaurio o un gran dragón” es testigo de nuestra charla.

Este libro tiene su germen en la primera visita de Joaquín al peculiar edificio tras su inauguración en 2009. “Quedaba muy evidente que era un proyecto sin sentido, que no tenía ningún futuro por la ubicación, por el diseño y por el coste sobre todo”, explica a Disfruta Benimaclet.

“Me llevó a pensar: ¿quién ha decidido instalar esto aquí? ¿quién ha decidido gastar nuestro dinero en este edificio que está destinado a no ser utilizado por nadie, porque no es sostenible económicamente?”, señala Joaquín.

Más de 4.000 fotos

Empezó a fotografiar esta torre de hormigón y cristal, a la que durante años captó “desde todas las posiciones, todas las orientaciones, a diversas horas del día, con sol, con lluvia, desde arriba, desde abajo …”, rememora.

Lúa Solaz y Joaquín Rodrigo a los pies de la Torre Miramar. ©DsftBenimaclet

Llegó a reunir 4.000 fotografías y decidió transformarlas en un libro, pero hizo varios intentos que le parecieron “un desastre”. Pidió ayuda a Lúa Solaz, ilustradora y diseñadora gráfica, quien se hizo cargo de la dirección editorial y del diseño de la obra.

Le entregó una selección de mil fotos, la copia del proyecto del Ministerio de Fomento, unos textos originales y las numerosas noticias publicadas en la prensa durante años sobre la torre y su deterioro.

Fotos que hablan solas

“Mi papel fue coger sus fotografías compulsivas y convertirlas en un proyecto abordado desde mi punto de vista a partir de la información que él había reunido y que me hizo ser crítica respecto a esta obra monumental y abandonada, indica Lúa, quien destaca que fue “un ejercicio bastante reflexivo”.

Dio así forma a un cuidado libro en que el que no se repite la maquetación en sus cien páginas, donde las fotografías “hablan por sí solas” y se pueden encontrar también algunos encartes, una selección de recortes de prensa y unos textos que permiten “un diálogo incluso poético”, indica Lúa.

“El trabajo de Lúa ha sido fundamental”, asegura Joaquín, quien destaca que“ha conseguido generar un ritmo en el que sea evidente el deterioro que provoca el paso del tiempo y quede constancia de la impunidad del proyecto”.

El autor y la diseñadora de ‘K, la torre’, con la edificación al fondo. ©DsftBenimaclet

Uno de los pocos condicionantes que le puso a la diseñadora fue el título: ‘K, la torre’, porque desconocía su nombre oficial y recurrió a uno imaginario, ‘K’, en la relación que se acabó estableciendo en el autor y el objeto fotografiado tantos años.

Un libro de denuncia

Joaquín, quien es economista de formación pero un “aficionado, apasionado y enganchado a la fotografía y los fotolibros”, afirma que es un libro de denuncia, de forma que al hojear sus páginas el lector se plantee “quién decide qué iconos urbanos se instalan en la ciudad y con qué criterio”.

Admite que lo suyo ha sido una fijación con esta torre desde el primer día que la vio, cuando ya pensó “que era un dinero desperdiciado tontamente”. Y explica que ha querido seguir el hilo de la fotografía documental valenciana de los últimos veinte años.

“Si pensamos el dinero que ha costado esta torre y qué cosas se podían haber hecho además en un barrio tan necesitado de infraestructuras urbanas públicas como es Benimaclet, se ve un poco más aún la importancia de poner encima de la mesa estos asuntos”, asevera.

Como curiosidad, nos cuenta que en el proyecto inicial el mirador estaba descubierto, “una especie de invitación al suicidio”, bromea. Recuerda que el ascensor que llevaba a lo alto de la torre -desde donde apenas atisbaba el mar- funcionó tres meses. Luego se subía a pie por la escalera, hasta que se cerró y así sigue desde hace años.

Lúa Solaz y Joaquín Rodrigo muestran el libro sobre la Torre Miramar. ©DsftBenimaclet

Una torre que no sirve para nada

Para quienes no conozcan la historia de la torre, forma parte de un proyecto que surgió en 1997 para regular el numeroso tráfico en esta zona conocida como “el semáforo de Europa”, mediante dos rotondas y un túnel.

Se quiso luego “engrandecer” el proyecto y se optó por añadir una torre de 45 metros, “que no sirve para nada absolutamente”, explica Lúa, así como unas fuentes que generaban “un gasto de 40.000 litros de agua, equivalente al de las fuentes del Palacio de Congresos”.

También se añadieron mosaicos de ‘trencadís’ para decorar el túnel, un paso inferior de cristal y unos jardines. En total, el presupuesto inicial de 15 millones de euros acabó en 24 millones. “Un despropósito”, critica la diseñadora.

Además, la primera piedra se puso en 2004, un mes antes de que el PP perdiera las elecciones generales, lo que dio paso a un Gobierno central (de Zapatero) y uno local (de Rita Barberá) de distinto signo, que desembocó en un desencuentro que hizo que la obra se inaugurara en 2009 pero el Ayuntamiento no la recepcionara hasta 12 años después, con el consiguiente abandono.

A finales de la pasada legislatura, el Ayuntamiento dirigido por Joan Ribó impulsó la transformación de este lugar abandonado en un espacio para practicar patinaje o parkour y pintar grafitis. Se hicieron también dos pasos de peatones para poder acceder a la rotonda.

La vida sigue

Los dos firmantes del libro tienen relación con Benimaclet, pues Joaquín ha acudido a formarse en sus escuelas de fotografía cuando el barrio era “el centro de la fotografía contemporánea» y le encanta la “concentración de librerías estupendas. Y a Lúa le gusta mucho el barrio por su cercanía a la huerta y el “respiro” que ofrece frente “el meollo del centro”.

Acabamos la entrevista en una tarde ventosa con una reflexión sobre la actual “invisibilidad” de una torre que, en opinión de Lúa, está “mimetizada”, pues ya se ha asimilado como “normal” lo que ha ocurrido con ella. “Pasas cerca de ella y simplemente la omites”, afirma.

Para Joaquín, “la vida sigue”: pasan los coches, el tranvía, ciclistas e incluso hay quien hace taichí en este espacio, “y nadie mira la torre”. “Van pasando los años, y la gente hace su vida normal, con independencia de que la torre esté o no esté. Seguiría todo igual sin ella, asegura.

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