Tiene 102 años (103 el próximo mes de julio), pero aparenta bastantes menos. Lina Muriach presume de buena memoria, y lo demuestra cuando cuenta detalles de su vida y de su pasado de cantante como‘La Serrana’.
Nos ha abierto las puertas de su casa en Benimaclet, donde vive desde hace 66 años, para hablarnos de sus recuerdos, cantarnos a capela con un chorro de voz o recitarnos un poema que le escribió hace décadas su primer marido.
No lleva “vida de vieja”
Lina asegura a Disfruta Benimaclet que no se siente vieja, quizá porque no lleva “vida de vieja” y hace lo mismo que cuanto tenía “50 o 60 años”. “Yo me cambio, yo me ducho, yo me arreglo, hago la comida, pongo la lavadora, hago la cama, salgo, entro, voy a comer …”
Incluso si hace falta se acuesta a las 4 de la mañana, porque para ella “la noche tiene duende”. “A mí no me digas: vamos a comer”, sino “vamos a cenar”, afirma con una sonrisa esta artista que actuaba de noche y se acostaba al amanecer.
Ahora vive con uno de sus nietos, pero aclara que no la cuida, sino que le hace compañía. “Mi nieto me llama ‘la máquina’. Iaia, ¿no te cansas?, me dice. Y no, no me canso”, relata Lina, quien asegura que no le “duele nada”, que tiene “una salud de hierro” y que le encanta guisar “buenos arroces, buenas fideuàs y buenos pucheros”.
A veces se pregunta de dónde saca la energía, y cree que igual es una cosa de “los genes”. Nos confiesa que ha llegado a centenaria haciendo lo que el cuerpo le ha pedido. “Como de todo, bebo de todo y trabajo mucho, porque no paro”, afirma esta mujer que vive en un tercer piso sin ascensor, pero no por ello deja de salir a la calle.

Un tesoro de voz
Lina nació en 1923 en el Valle de Arán, donde vivió hasta los 4 años porque su padre era maestro e iban “de aquí para allá”. Tiene marcada su estancia en Montbrió de la Marca, donde con 10 años tuvo que huir con sus padres y sus dos hermanos pequeños una madrugada monte a través porque les querían “quemar dentro de casa”.
Se trasladaron a València, pero su padre, que era “muy político y un gran orador en favor del trabajador”, fue encerrado en la cárcel Modelo y murió allí en plena Guerra Civil. Su madre logró sacar adelante a la familia gracias a que era “una gran modista”.
A Lina siempre le había gustado cantar y desde jovencita le decían que tenía “un tesoro de voz”, propia de una “gran soprano”. Le salieron “muchos novios” que le decían que la iban a convertir en artista, pero asegura que en realidad querían “llevársela a la cama”.
Ese era uno de los problemas para hacer carrera: “la honra”. Ahora, con más de cien años, confiesa que “guardarla” no le sirvió “de nada” y que hoy se comportaría de otra forma. “No hubiera pasado calamidades como las que he pasado, y mi madre hubiera vivido cuajada de joyas”, afirma rotunda.
El Moulin Rouge
Cuando se cruzó en su vida alguien que quería ser su mánager sin buscar “cama”, la “traba” fue su novio, porque le pidieron que lo dejara para centrarse en su carrera. Pero estaba enamorada “completamente” desde que él le tiró su chaqueta para que la pisara, y se conformó con “unos pocos bolos”.
Su novio y luego marido, Alfredo, “era un poquito celoso y no le hacía mucha gracia” que se dedicara al artisteo. Con él viajó una vez a París y en el barrio de Montmartre, “donde están todos los artistas, los poetas y la gente bohemia”, Lina se arrancó a cantar. La quisieron contratar en el Moulin Rouge, pero él no quería que actuara «en un cabaret sola”.
La primera vez que cantó ante un público numeroso fue cuando tenía 37 años y tres hijos, y ganó un concurso radiofónico que le llevó a “la gran final” a la plaza de toros de València. Allí actuó ante 18.000 personas con un vestido confeccionado por su madre y recibió “el ole más grande” de su vida.
La Serrana
A Lina le pusieron de nombre artístico ‘La Serrana’, aunque nos confiesa que ella quería ser ‘Rosa de Valle’, porque en realidad se llama Marcelina Josefa Rosa y nació en el Valle de Arán.
Cuando cumplió 100 años, sus nietos le regalaron un gran cartel con una foto suya vestida “un poco de mexicana” de cuando tenía 66 años bajo el nombre de ‘La Serrana’, que nos muestra con gran orgullo.

Tras enviudar conoció a Carlos, el segundo gran amor de su vida. Ella tenía 66 años y él diez menos. Era “un gran guitarrista” y juntos formaron el dúo ‘Lina y Steven’, pues él se puso de nombre artístico Esteban, “en inglés Steven”, rememora.
“Yo estuve enamorada perdidamente de él y él de mí. Es que nos uníamos mucho en todo, todo: a él le gustaba viajar, a mí también; a él le gustaba tocar la guitarra y cantar, a mí también; a él le gustaba tomarse una copa; le gustaba la noche, a mí también”, destaca.
Rancheras y coplas
Tenían un repertorio de canción sudamericana –rancheras, boleros, tangos– y de copla española. Y si hacía falta cantar un ‘Granada’ o ‘Los ojos de la española’, no había problema, pues Lina asevera que tenía “voz para eso y para mucho más”. Hasta el punto de que le decían que cantaba “mejor que la Jurado y que la Lola Flores”.
Juntos recorrieron “toda España y parte del extranjero”, como Bélgica, Holanda y Francia. Hasta que cuando Lina tenía 91 años le dijo a su pareja que ya no estaba “para salir por ahí”, porque la vida de artista “parece muy bonita, pero es muy mundana”.
“Hemos triunfado mucho, mucho. Lo hemos hecho muy bien”, asegura Lina, quien afirma que se van a cumplir dos años del fallecimiento de quien fue su pareja de vida y artística durante 35 años y aún sigue “llorándole”.

Una tienda en Benimaclet
Lina vive en la casa que estrenó hace 66 años en Benimaclet, que entonces estaba junto a la huerta y las calles de alrededor eran de tierra. “Esto era muy bonito, más que ahora, pues Benimaclet ha crecido mucho y se ha hecho más capital, más artificial”.
“Antes era más pueblo, más bonito”, reflexiona Lina, quien explica que al lado de su casa había una granja, la del tío Tom, donde “se veían los animalitos”. Pero pese a todo asegura que está “a gusto”.
En Benimaclet montó una tienda cuando su marido vendió el taxi en el que trabajaba: ‘Comestibles Lina’, en la calle Benicarló. Vendía salazones, comidas, arroz, aceites y patatas, pero al no tener verdura “la gente no venía tanto”. Aún recuerda las 40.000 pesetas que le costaron dos pesos colgantes para aquella tienda que “parecía Barrachina”.
El negocio no funcionó y tuvieron que emigrar a trabajar a Francia, donde ella trabajó de cocinera y su marido de metre. Recuerda con orgullo cuando ayudaba a servir cenas a las que asistían nobles, ministros y hasta el presidente de la República: quedaban tan contentos que le dejaban buenas propinas. O cuando emocionaba a sus señores con canciones.
Sin miedo a nada
“Yo he sido muy ‘echá palante’. No me ha dado vergüenza nada, ni miedo nada. Parecía una Juana de Arco”, afirma Lina, quien de joven era “una revolucionaria de padre y muy señor mío”, porque le gustaba “la justicia” y ayudar a los demás.
De todo eso ahora quedan los recuerdos, nos cuenta nuestra centenaria vecina. Antes de despedirnos, afirma que está esperando “el tren de ida sin retorno”, pero procurará hacer lo que pueda para “mantenerse viva”. Hasta que se la “quiera llevar quien sea”.
